Feminismo e Interculturalidad
Magali Mendes de Menezes
Me gustaría empezar hablando sobre algunas cosas que me parecen primordiales al tema propuesto – Interculturalidad y Feminismo. Hablando así, que lo que decimos y como lo decimos no es ex nihilo, al hablar de lo que antecede ya hemos anunciado una manera propia de presentar la temática, o sea, lo que parece anteceder porque cronológicamente viene antes, prepara el sitio, define un modo, permitiendo o no diferentes formas de presentación - lo que antecede ya está presente en el habla. Es sobre lo que antecede, ni siempre visible, que me gustaría comenzar hablando, son estas las condiciones del habla, son estos sitios que se van acomodando y sustentando discursos. ¿Bajo cuáles condiciones hablamos sobre el Feminismo y la Interculturalidad?
Parto del inicio, siempre provisorio como todo inicio, basta que nos preguntemos “¿dónde todo empieza?” para que percibamos que la fragilidad de todo comienzo exige testigo, narrativas posibles para que el tiempo pueda ser reconstruido, el inicio carga en si una creencia en la palabra. El comienzo, aquí en esta habla será una invitación. Partimos de lo que parece obvio, pero como la Filosofía se inicia por la admiración al obvio (y aquí corresponde decir que este comienzo de lo que llamamos Filosofía también es provisorio), quiero reflexionar la obviedad de una invitación, o así como dice Nietzsche cuando se refiere a la función de la Filosofía, “molestar la tontería”. Se invita a alguien (aaguen) por creer que este alguien tiene algo a decir y consecuentemente se acredita también que haya un deseo de escucha. Se acredita, pues, en la verdad, no sabemos muy bien, lo que va a ser dicho, solamente se espera que el invitado cumpla el prometido tácito de hablar sobre lo que le fuera solicitado decir. Sin embargo, el habla es influenciada por el anuncio de un tema y lo que es inesperado, pues todo encuentro se construye en el movimiento entre lo previsible y lo imprevisible. Comenzamos, entonces por el obvio: el invitado es una invitada, una mujer que fue invitada a hablar sobre Feminismo e Interculturalidad. ¿Seria también tácito decir que las mujeres tienen mayor legitimidad para hablar sobre el Feminismo? Y no puedo dejar de observar que todas las hablas de este encuentro que versan sobre cuestiones de género son pronunciadas por mujeres. ¿Qué sujeto es este que habla? ¿Qué esperamos de este sujeto? ¿El habla de las mujeres o sobre las mujeres sobrepasa necesariamente al cuerpo? Parece ser eso lo que nos dice una parte de la historia de la Filosofía y podemos citar aquí Schopenhauer cuando comenta que “las mujeres piensan con los ovarios”. Las mujeres parecen hablar desde sus úteros, por eso el habla repercute ya histérica (como dice la etimología de la palabra histeria que deriva del útero, donde la sangre que viene del útero sube la cabeza y nos vuelve locas). ¿Podríamos, aún decir que, mientras las mujeres piensan a partir de sus cuerpos, los hombres ponen el cuerpo en suspensión? ¿El habla de las mujeres emerge de una comprensión de sexualidad, de femenino, de una historia común que posee rasgos de violencia? ¿Aquél que sufre la violencia es el único capaz de pronunciarla, de denunciarla? Y, ¿cuándo la violencia es tan brutal (y es difícil que pensemos en una violencia que no sea brutal) que perdemos la capacidad de decirla, de atestiguarla, o hasta de reconocerla como violencia? Es lo que comenta W. Benjamín en relación a la guerra, cuando los combatientes regresaban de sus trincheras pobres en experiencia comunicable (1936). ¿Qué es posible decir después de la tortura cuando el habla es exigida y el silencio mata?
Me recuerdo de algo que recientemente sucedió en Brasil y fue noticiado por muchos medios de comunicación. El caso de una niña de 9 años que fuera violentada y se quedó embarazada de gemelos. Por la legislación brasileña el aborto fuera permitido por el hecho del embarazo causar riesgo de vida a la niña. Sin embargo, la Iglesia Católica, representada por un obispo, se pronunció en contra el acto médico y excomulgó los médicos que realizaron el aborto y los padres, pero no excomulgó el hombre que cometió la violencia, argumentando que su acto fuera “menos grave” que la violencia cometida y consentida por los médicos y los padres de la niña. ¿Cómo es posible medir lo que es menos violento? ¿De qué manera entonces, la violencia sufrida por el Otro puede tornarse una cuestión universal, sin que esta universalidad no haga subsumir el habla, muchas veces, enmudecida de quien perdió la capacidad de decírselo? Pienso que es así que la cuestión de las mujeres tiene algo a nos decir en este encuentro.
Dentro de este contexto percibimos que la violencia sexual es cotidiana y es sufrida fundamentalmente por mujeres y niños. Mônica Mayer, artista gráfica, curadora y archivista de arte de mujeres, responsable por el primer grupo de arte feminista de México, Polvo de Gallina Negra, a este respeto escribe:
El cuerpo se ha mantenido como el espacio físico, el soporte real, de las experiencias necesariamente sexuadas de la vida(...) Menstruar, embarazarse, tener vagina, vello púbico, tetas, sentir el viento del verano en la piel frente a una ventana sobre un eje vial, trabajar ocho horas con una toalla sanitaria empapada de sangre, manejar un taxi desembarazándose del sostén, sentir el propio cuerpo recorrido por el doble temblor del miedo y del poder al pasar de noche entre hombres en la calle, miedo por el permiso que la cultura ha dado al cuerpo sexuado masculino de violentar a las mujeres y poder por saberse ya en contacto con otras mujeres para enfrentarlos, soportar la baja eroticidad del salario a fin de mes, manifestar en el propio cuerpo el dolor de la pérdida amorosa, protagonizar rituales y ofrecerse, son elementos de nuestro hacer arte, son historia en femenino .
Femenino y feminista, conceptos que presentan fronteras y proximidades ni siempre muy claras, a punto de nos preguntar si el Feminismo se produce como una defensa al femenino o como crítica a lo que este propio femenino representa.
Esta invitación hecha a mí me instiga a salir de la obviedad, trayendo estas cuestiones iniciales para pensar: ¿qué debo decir y por que yo, y otras tantas mujeres deben comenzar y recomenzar tantas veces a decir? Para este análisis abordaré tres temas: el lugar de donde hablamos, quien es este sujeto que habla y de que manera el Feminismo y la Interculturalidad se relacionan con estas cuestiones. Tengo la seguridad que esta división es solamente didáctica, pues pienso que estas cuestiones están íntimamente relacionadas y se hace difícil tratarlas en separado.
1. Los lugares y sus sujetos que legitiman y desafían nuestras hablas
Para contribuir en esta reflexión recupero un texto de Jacques Derrida intitulado Le droit à Philosophie du point de vue cosmopolitique , pronunciado en la UNESCO, en 1991. Hay en este texto algunas cuestiones que me interesan pensar: primeramente la cuestión del lugar de donde emergen las cuestiones. Derrida empieza cuestionando “¿adónde la cuestión sobre el derecho a la Filosofía de un punto de vista cosmopolita tiene lugar?”. Los lugares parecen legitimar y autorizar nuestras cuestiones, instaurando un sentido al que se pregunta. Pero, mientras las cuestiones también desafían los lugares, forzándonos a mirarlos de otras formas, buscando aperturas, desafiando límites que los propios lugares buscan establecer. Para Derrida, UNESCO parece ser este lugar privilegiado para que hablemos en una cosmopolis, pues posee, por su propia naturaleza, una dimensión de universalidad. Sin embargo, el filósofo se pregunta sobre el porqué pensamos en un derecho cosmopolita de la Filosofía en un lugar, como UNESCO, que parece encarnar desde ahora tan bien esta dimensión. La contradicción se da en el momento en que la UNESCO, por ser una institución fundamentalmente filosófica y cosmopolita (que piensa desde una “filosofía del derecho, de derechos de los hombres, de una historia universal”) necesitar de un departamento de Filosofía, o sea, un lugar reservado, demarcado para el pensar filosófico. ¿Cómo la pregunta sobre una universalidad de la Filosofía nacería de una instancia reservada a la propia Filosofía?
Transfiero la problemática levantada por Derrida para pensar el lugar donde estoy ahora. ¿Qué puedo entonces preguntar desde este lugar donde me encuentro? ¿Este también seria un lugar reservado (dentro de este espacio mayor que podemos demarcar como siendo los cursos de Teología, Filosofía y la propia universidad) para pensar, por ejemplo, el Feminismo? Y, parafraseando Derrida, ¿es posible, en este espacio, hablar de un ‘derecho al Feminismo del punto de vista cosmopolita’? O sea, dentro de este espacio reservado a pensar el Feminismo (en este encuentro), ¿es posible que levantemos la problemática de la universalidad? O mejor, es necesario que nos preguntemos primeramente, porqué el Feminismo debe tornarse un problema universal.
Busco entonces comprender mejor el lugar donde estoy. Hablo desde un país que conozco poco, de un espacio académico (que tal vez conozca un poco mejor si partir del principio que la Universidad universaliza sus discursos), hablo de un encuentro que tiene como temática central “Las teologías latinoamericanas de la liberación a la luz de la interculturalidad”; pero hablo también de este lugar que es mi cuerpo, una habla entrañada, de un lugar que cargo en mi, de una expresividad que respira una tierra llamada Brasil; tierra que posee diferentes modos de comprender la propia idea de lugar (si vamos a pensar en su dimensión territorial y de sus lugares apretados como las villas miserias (favelas) donde sujetos se amontonan unos arriba de otros; donde el movimiento “Sin tierra” resiste enseñándonos a mirar para lo que llamamos ‘lugar’ de otra forma; hablo del conflicto de tierra, por ejemplo, retratado en la película “Terra Vermelha - Tierra Roja” , en que un pocero agarra un puñado de tierra y dice al indígena kaiowás que hace tres generaciones está en esta tierra, y el indígena recoge un poco de la misma tierra y la come, mostrándonos que mientras uno posee la tierra otro la incorpora). En fin, podría citar muchas formas de percibir el lugar donde estoy. Mi condición por eso es de extranjera y, al mismo tiempo, de familiaridad con lugares que habito y transito.
Hablar entonces del Feminismo y de su posible universalidad, o sea, de como esta discusión tiene una relación con cada uno de nosotros, nos exigiría repensar los sentidos que asume la universalidad, que para mí no puede ser pensado sin estas dos dimensiones: extrañeza y familiaridad.
“Ninguna comunidad ha elaborado de forma idéntica las ideas acerca de su realidad concreta, por lo tanto han elaborado lógicas – entendidas en su sentido común (...) pero ninguno de estos aspectos puede ser considerado universal por una de ellas sin que las otras participen de la elaboración de la idea de universal, bajo pena de convertirse en una lógica impositiva (...), un saber que coloniza el espacio del pensamiento de las otras culturas”.
La universalidad, para que no asuma la cara de la totalidad (o para que pensemos como Lévinas, la ausencia de rostro, pues la totalidad es justamente la ausencia del rostro); debe salir de su condición abstracta para ser negociada cotidianamente. En este ejercicio vamos aprendiendo a hablar, escuchar, a silenciar de diferentes formas; y esta posibilidad de estar - juntos y aprender con Otro es que debe ser universal. Relación esta siempre cargada de extrañamiento y tentativas de proximidad. ¿Podríamos pensar entonces que la democracia, como un espacio de engendramiento del colectivo, podría, entonces, representar este espacio de negociación? Ochy Curiel a este respeto habla que,
“La democracia se presenta como una matriz civilizadora, pero sólo responde al sujeto ilustrado que el feminismo de la segunda mitad del siglo XX criticó por haberse instalado desde una masculinidad blanca, heterosexual y con privilegios de clase (...)”
El Feminismo lleva consigo cuestiones que se transforman en denuncias y resistencias. La idea de universalidad pasa a ser cuestionada por este movimiento, en el momento que denuncia el pasaje del anthropos al andrós, forjando un concepto de misógino de humanidad. Pero, también en la propia manera con que este movimiento se construyó, cuando en el esfuerzo de garantizar espacios de visibilidad a las mujeres, acabó asumiendo un discurso homogéneo.
La historiadora Gargallo (2006) muestra lo cuanto el movimiento Feminista al traer la problemática de las mujeres fue se olvidando de pensar sus lugares, y, para recuperar lo que hablaba anteriormente, la relación del lugar con las cuestiones. Es necesario, sin embargo, pensar en el movimiento feminista no como un discurso hegemónico, pues posee muchas corrientes, que surgen a partir de esta percepción del lugar y de como las propias mujeres van se percibiendo. Inicialmente, cuando el Feminismo se definió como movimiento social, pasó a asumir toda la significación moderna de representación, como una universalidad necesaria para que los sujetos pudiesen existir. La idea de ciudadanía era la garantía de esta existencia. Los movimientos sociales de alguna forma buscaron conquistar el reconocimiento de los sujetos a través de sus derechos, pero al construir eso se acabó criando sujetos con identidades permanentes. Judit Butler comenta que “la crítica feminista también debe comprender como la categoría de las ‘mujeres’, el sujeto del feminismo, es producida y reprimida por las mismas estructuras de poder por intermedio de las cuales se busca la emancipación” . Es de esa manera, que el Feminismo en la tentativa de universalizarse vive el drama de distanciarse de los sujetos concretos, pues ‘la mujer’ siendo un sujeto universal, no existe, lo que existe son sujetos que se hacen en el cotidiano de pequeñas y grandes luchas, modos diversos de sentir y vivir. El Feminismo, como teoría política, igual a muchos otros movimientos sociales, fue asumiendo determinadas formas de hacer política, construyendo un discurso que tuvo inmensa dificultad de se reinventar, pues se distanció de esa cotidianidad producida por la realidad concreta de muchas mujeres. El feminismo nace, entonces, marcado por un modelo de mujer, arraigado a determinadas identidades. Me recuerdo que, hace mucho, en una reunión con un grupo de mujeres trabajadoras de la Economía Popular Solidaria, en que una de ellas decía que era muy bonito todo lo que hablábamos y escribíamos sobre la economía solidaria, pero ella no conseguía ver todo eso en el lugar donde estaba. Su habla representaba la distancia entre la forma como la universidad sistematizaba el conocimiento y la experiencia concreta de los trabajadores. Son tiempos diferentes, el tiempo de las instituciones y su forma, muchas veces, burocrática de organizar la realidad; y el tiempo de las personas, con sus memorias y biografías que casi siempre no caben en esos espacios demarcados.
Una de las cuestiones fundamentales traídas por el movimiento Feminista fue la dimensión del privado en el universo público, o sea, cuestiones que antes correspondían a una orden privada invaden el espacio colectivo. O sea, el sexo también es político, pues contienen relaciones de poder. Célia Amorós nos dice que “el feminismo es político ya sólo por el hecho de impugnar lo definido como política por quienes reparten y nombran los espacios, es decir, por quienes ejercen el poder (...), el patriarcado como ‘poder de asignar espacios’”. Es así que la violencia doméstica, que ha llevado a la muerte millares de mujeres, se torna una cuestión de Estado. Datos de la Organización Mundial de la Salud muestran, por ejemplo, que en países como Colombia a cada seis días una mujer es asesinada por su marido o compañero, una a cada tres mujeres en Japón y en Brasil sufre malos-tratos. Esos índices muestran la importancia y aún urgente lucha de las mujeres por una “democracia en el país, en la casa y en la cama”, como era el tema levantado por Margarita Pisano, en seguida de la dictadura militar en Chile. La democracia, la forma como organizamos nuestros discursos y nuestra participación en el espacio público y privado se encontró, de ese modo, atravesada por nuevas cuestiones, donde no era suficiente garantizar el derecho al voto, acceso a la educación, al mercado de trabajo, entre tantas otras luchas; era (y todavía lo es) necesario también discutir sexualidad, violencia, ideología, cultura..., en que las relaciones de poder surgen con nuevas vestimentas, mezclándose con la idea de amor y de afecto.
Con todo, cuando pensamos sobre estas luchas, percibimos que todo eso sirvió para mostrar también que la fragilidad de las fronteras entre el público/privado señalado por el movimiento feminista no fue efectivamente capaz de redimensionar esos espacios. Todavía vivimos problemas serios de violencia contra las mujeres, de falta de respeto a su imagen presente en los medios de comunicación, en la doble jornada de trabajo, sueldos menores; y cuando pensamos, por ejemplo, en la historia de la Filosofía y la total invisibilidad de las mujeres en la construcción de esta historia, percibimos que este debate debe se tornar más amplio. No es sólo en la Filosofía que las mujeres buscan conquistar espacios, pero seguramente la Filosofía tiene se mostrado como uno de los lugares más resistentes a este derecho. En un otro texto , comentaba el hecho de la Filosofía, históricamente, seleccionar sus problemas, privilegiando cuestiones, discriminando otras que parecen no pertenecieren al nivel de una cuestión filosófica. ¿Por qué, por ejemplo, la Filosofía resiste tanto en problematizar la historia de la opresión vivida por las mujeres, construyendo un discurso de exclusión y muchas veces, de descalificación sistemática de más de la mitad de la especie humana? ¿O no será esta una cuestión filosófica? ¿La Filosofía al negar esa discusión no estaría negando su propia condición, su movimiento de reflexión, de volverse a ella misma? Así, estoy de acuerdo con Lyotard cuando habla de la necesidad de que siempre repensemos la historia del pensamiento filosófico, pues “cuando examinamos una filosofía, quiero decir, un conjunto de palabras que forman un sistema, o, por lo menos, tienen un significado, no lo hacemos solamente para descubrir su tendón de Aquiles, el tornillo mal ajustado o apretado sobre lo cual bastará un empujón para que el edificio se caiga”. Las mujeres, cuando proponen esta revisión o la comprensión de esta exclusión, no se encuentran movidas por un instinto de muerte y de destrucción de la Filosofía, pero justamente lo contrario, queremos mostrar su sentido, de que filosofar es un eterno recomenzar y que todavía debemos insistir en ese recomienzo. Por lo tanto, lo que parece muerte se hace vida. E ese derecho de vivir en pleno sentido que buscan las mujeres.
El Feminismo desde la Interculturalidad
¿Será la interculturalidad que proveerá al debate Feminista pistas, en mi visión, fundamentales para que repensemos el propio sentido de la universalidad?
Como comenta Fornet-Betancourt,
“La interculturalidad es así la apuesta por un proceso lento de universalización que requiere, en un primer paso, la recuperación de la edad del mundo y del ser humano, que es recuperación de las memorias que narran las heridas abiertas por la imposición de un determinado modelo de civilización, pero que son sobre todo el documento de lo que se ha retenido como memorable porque se ha vivenciado como un compás que ayuda a no perderse por el camino.”
Recuperar la ‘edad del mundo y del ser humano’ es de alguna manera comprender el tiempo como una duración (en el sentido bergsoniano), un tiempo que escoa y que carga en si la paradojal condición de desmedida y necesidad de medida para tornar perceptible su pasaje. La medida es la de la memoria que llega por la piel, muchas veces harapienta por historias de violencia, es el tiempo marcado como tatuaje en el propio cuerpo flagrando una edad del mundo; la desmedida es la resistencia a este encerramiento, luchas desesperadas por el reconocimiento de la condición de sujeto, pero de un sujeto que necesita siempre ser reinventado. “No basta siquiera descubrir lo que somos. Hay que inventarnos”, nos dice Gargallo .
La interculturalidad provoca una necesidad de desviarse, tenemos que mirar para los lugares como espacios que nos permiten transitar, por supuesto que en este caminar vamos cargando la tierra por donde pisamos, ella se pega al cuerpo, pero también se mezcla a otras tierras. La universalidad, en esta perspectiva no se aleja de la idea de localidad mientras una proximidad. La localidad no es un espacio cerrado, como comenta Bourdin (2001), sin embargo puede ser circunscrita tanto por una autoridad (factores externos que definen el estar junto, presente en la idea de nación, por ejemplo) o por una idea de proximidad que aquí no significa algo meramente espacial, pero que es marcada por encuentros diarios, existencias que se cruzan y van reinventando sentidos a sus propias vidas. El movimiento feminista debe, por lo tanto rescatar la propia idea de movimiento como algo que se desvía constantemente y en este desviarse se va componiendo a partir de las experiencias de proximidad de sujetos concretos.
Pienso aquí también en la densidad de la idea de proximidad presente en el pensamiento de Lévinas. La proximidad es pensada a partir de la sensibilidad, como un cuerpo que siente el Otro. “La proximidad no es relación pensada, calculada y medida, tampoco una reunión preparada con una agenda temática, previa, común. Si el ser humano es capaz de relación y unión es porque es originariamente proximidad, subjetividad sensible y razón ‘sentinte’”. Lévinas llama esta subjetividad de maternal, capaz de sentir profundamente el otro sin al menos conocerlo. En el momento que traemos el Feminismo en una perspectiva cosmopolita es porque comprendemos esta universalidad como tejida por subjetividades sensibles capaces de se dijeren no y con el Otro, y al mismo tiempo, sensibilidad extrema capaz de experienciar el extrañamiento.
“Por eso habla la interculturalidad de un lento proceso de universalización (...) esto requiere justamente dar tiempo a la comunicación (...)” , tiempo que necesita paciencia del habla, del pensamiento, del cuerpo que busca el otro; tiempo que exige aprendizaje, o sea, reaprender a hablar, a dialogar. Para esto, no hay un camino ya trazado que nos indique como los diálogos interculturales se tornarán viables. En esta paradoja de buscar pistas posibles de concretización de esos diálogos nos deparamos con la necesidad de pensar la interculturalidad en el exacto momento en que ella se construye, o sea, como comenta R. Panikkar , el método adecuado para que pensemos la interculturalidad es el “diálogo dialogal”, donde a priori no definimos reglas ni formas de diálogo, pero nos proponemos a dialogar en la abertura extrema al Otro que hiere a toda representación. Diálogo sin indicativos previos, diálogo que se faz en el movimiento mismo de se aproximar del Otro. No es unidad que permitirá la seguridad del diálogo, pero la abertura al Otro, proximidad absurda y, al mismo tiempo, condición para vivir el extrañamiento.
Será en esta pedagogía de la escucha que las mujeres van aprendiendo a también hablar, no un habla unísono, en que herramientas conceptuales servirían para traducir de una única forma todas las realidades, se puede citar aquí conceptos como género y empoderamiento, que emergen de contextos específicos y representan una posibilidad de lectura, distante, muchas veces, de otras lecturas, como por ejemplo, la historia de las mujeres indígenas, negras, lesbianas, esas ‘otras’ en el movimiento feminista. “Las feministas occidentalizadas, de las elites académicas o de la clase política, tienen a sus ‘otras’”, como nos dice Gargallo.
Será en la pedagogía de la escucha que vamos aprendiendo a escuchar el cuerpo, dolor en los senos que fueron arrancados para que pudiésemos cargar nuestras lanzas, cuerpo ¿?demonizado y santificado; cuerpo expropiado que se torna sordo de si mismo. ¿Cómo decir sin decir con el cuerpo? Forma de tocar el mundo, de tocar el Otro, palabra que se hace en las entrañas.
Pensar el feminismo de una forma cosmopolita nos hace mirar hacia adentro de nosotros mismos y afuera del propio movimiento. Miramos hacia adentro para que percibamos como fuimos construyendo espacios de diálogo y de escucha, miramos hacia afuera para que pensemos, al mismo tiempo, lo cuanto las fronteras o las nociones de dentro y fuera son formas culturales de comprensión y estructuración de nuestras cuestiones. Repensar estos límites se hace necesario y en esta dirección juzgo que las historias de lucha de las muchas y diferentes mujeres nos muestran que la universalidad debe ser construida a partir de una sensibilidad con el dolor del Otro, al que es extraño, pero que en su extrañeza se torna próximo.


